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M. Jesús Andreu Larrosa

   

 

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Críticas  

 

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 En sus comienzos, Mª Jesús Andreu nos mostraba una pintura plena de ingenuidad, de luminosidad, de alegría de vivir.


Ahora que va de vuelta, su arte asume una intemporalidad  que encuentra  en la factura cuidada, impulsada por el ambiente y por el clima, emotivo, entre su pasado y el presente. No olvidemos que “Un necio y un sabio no ven el mismo árbol” como nos dice W. Blake, Mª Jesús ve las cosas desde su optimismo e ilusión.


Resulta evidente la expresión del color y alegría, se advierte una versión más experimentada, más fuerte en la significación de imágenes, igualmente plenas de lirismo y sostenidas por la delicadeza y el coraje de avanzar por el camino elegido: el de las flores, la naturaleza brillante de color, vital, con bellas masas florales.
Los temas costumbristas, tiene la delicadeza de pintarlos con la serenidad propia del ambiente.


Mª Jesús Andreu es una pintora que sabe bien el oficio, eso queda patente en ésta exposición.


P. Calderó
Profesor de BB.AA.                                                                      

 

 

Mª Jesús Andreu utiliza la semántica del color, el léxico del dibujo, la sintaxis del cromatismo y la gramática de la composición, para construir verdaderos poemas visuales.


Azules desmayados cayendo en brazos de colores terrosos, rojos sometidos al papel de rosas y amarillos que se aparejan sensualmente con verdes suaves y con blancos inmaculados. Combinación de colores para obtener un cocktail que no se sube a la cabeza.


El otoño, margaritas plenas de vida, rincones con vegetación viva, imágenes que Mª Jesús Andreu ha sabido volcar en sus olios, repletos de vida. Sus cuadros parece totalmente que tengan corazón y que su latir nos llegue hasta nosotros en el silencio de la Sala.


La obra de Mª Jesús Andreu tiene vida propia y nos conecta con el sentir de la pintora.


Enric Pujol
Periodista de RNE y Corresponsal T.V.E. (Comarcas meridionals)

 

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María Jesús Andreu, de lo espiritual y la naturaleza de la flor


La obra de María Jesús Andreu indaga en las flores, en la forma, las estructuras, para exponer el fondo, lo espiritual de la naturaleza.
Es detallista, busca la perfección, es decir la belleza, porque está en línea con el equilibrio interior.


Entiende que la belleza floral que refleja surge del interior, de lo más hondo, de ahí que pinte lo espiritual a partir de lo formal, contexto en el que el color es fundamental, con sus degradados, mezclas y difuminados, buscando la serenidad compositiva, la fuerza sincrética de lo cromático contenida en la voluntad de la vida de auto-revelarse a sí misma.


Es una pintora que se instala en el discurso artístico realista pero, a la vez, con un apunte determinante en lo sensible y delicado de la persistencia formal. 
Entiende que la existencia es parte de la esencia, en el sentido de manifestar movimiento, siempre en aras de conseguir la voluntad de lo fundamental que es la propia consideración de que lo que existe posee memoria y trasciende.


Capta la esencia de la conjunción de verdades que se hallan en lo más evidente pero también  en lo complejo, en lo que no se ve pero que está ahí.


Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA)

 

 

 

María Jesús Andreu, de la forma a la esencia, el papel del color

 

La obra pictórica de María Jesús Andreu indaga en la forma, en la estructura de sus flores, buscando la perfección de lo exterior, partiendo de la captación de la esencia a través del color.


El cromatismo hace de nexo de unión, de nodo entre la apariencia exterior, la forma, el ropaje que encierra o comprende la formulación de la verdadera existencia, es decir lo interior.


Sus flores, sus composiciones florales, enaltecen a la naturaleza, al medio natural, buscando la perfección a través del equilibrio y la armonía, de la conjunción de esencias y evidencias para instalarse en el discurso del descubrimiento de lo que no se ve pero que importa.


Trabaja el óleo diluyendo la materia, buscando la esencialidad del pigmento, preocupándose del movimiento del color, de la impronta que caracteriza la estructura y sus formas,  de las formas que nutren el equilibrio de los conjuntos florales que van más allá, que se instalan en lo más hondo de la propia idiosincrasia de lo que se refleja a nivel exterior.


Sus flores son partes de un todo orgánico, que se traduce en belleza, esta traslada su energía y la comunica componiendo la profundización en lo sutil, en la gama de sensaciones que se suceden a partir de un equilibrio. De lo que se deduce que María Jesús Andreu indaga en lo interior para ser consecuente, coherente con el medio que la rodea. 


En realidad es uno con el medio que la define, porque la naturaleza es parte del escenario, de nuestro escenario exterior del que nacemos, por lo menos a nivel evolutivo, sintonizándonos con el cosmos a partir de las sensaciones y  la energía.


La luz existe, es por sí misma, primero como luz primigenia, que se activa con el movimiento, generando vida.
Es como el mundo vegetal,  primero está la semilla, que está oculta, luego crece y se desarrolla, formando plantas y flores, vegetación y naturaleza, en general; es decir el medio ambiente, caldo de cultivo de nosotros, del planeta, de la propia magnitud de lo existente, tierra, materia, forma, que es energía siempre en movimiento, sentido de la vida.


Su tratamiento del óleo refuerza esta actitud, porque, a partir del trabajo sutil del material, se adecua a la belleza a través de la composición, buscando  profundización con lo que está pero no se ve, para conectar con lo emblemático siendo especial, no circunstancial, sino consecuencia de una actitud profunda que viaja a través de los diferentes laberintos para instalarse en lo más hondo, en lo emblemático del término, para superar momentos, ser consciente de ello y pasarse a la observación más que a la copia.


Viaja a través de la observación de la realidad, con una actitud realista, casi detallista, hacia una consideración más de espectadora meditadora,  que supera lo frío, que va hacia lo que es, a partir de la forma sin instalarse en ella totalmente, pero declamando los verbos del fondo, de la propia idiosincrasia que todo lo nutre.


Sus óleos sobre lienzo y óleos al agua sobre lienzo orgánico funcionan porque se asientan en el color, manteniendo el dibujo, la forma, la composición dentro de unos cánones de cálculo y premeditación, aunque, en ocasiones, su pasión cromática puede más que la contención armónica.


Se mueve entre la belleza y el cálculo, la fuerza del color y la determinación del equilibrio, para formar una obra que se nutre de sí misma, partiendo de la naturaleza, ensalzando la grandiosidad de lo que existe, a partir de lo que es por sí mismo, más allá de sus límites, pero siempre con un punto de referencia claro anclado en las tres dimensiones.


Compagina la actitud poética con la determinación pictórica, buscando asentar la fragilidad de la existencia a partir de la fuerza explosiva contenida en la misma que se expresa con voluptuosidad o determinación austera, unidad en diversidad.

Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA)